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Theresa May baila en la cuerda floja

Theresa May baila en la cuerda floja

Cuando Theresa May se convirtió en primera ministra del Reino Unido, de inmediato comenzaron las evocaciones a Margaret Tacher. Le sobrevevino a la May el apelativo de segunda Dama de Hierro, además de ser la segunda mujer en ocupar ese cargo británico, también se le atribuyó por su carácter, sus posiciones en puestos ejecutivos y legislativos anteriores y la previsible mano dura que tendría —imagínese que venía de ser Ministra del Interior— y esto en un país que estaba en medio de una situación de inestabilidad política seria: se había optado por un sí al Brexit, es decir, la salida del Reino de la Unión Europea, lo que provocó la renuncia de su predecesor, David Cameron.
Así las cosas en aquel momento en que la premier asumía el mando en una sociedad inmensamente polarizada y con la promesa de negociar un divorcio con el bloque comunitario lo más expedito y beneficioso posible. Sin embargo, del dicho al hecho, más que un buen trecho ha tenido que enfrentar un verdadero vendaval en su afán de anotarse el mérito de un Brexit decoroso.

En ese camino ya lleva elecciones adelantadas en las que apenas sobrevivió pues perdió la fuerza su partido conservador, una retahíla de mociones de confianza y efervescencia popular en las calles de una ciudadanía que ahora pide otro referendo sobre el estatus de permanencia o no de los británicos a la UE.

¿Por qué los británicos no se muestran tan complacidos con el separatismo?

¿Qué ha pasado? ¿Por qué pareciese que ayer quería ser independientes de Bruselas y hoy no están complacidos con el separatismo? En primer lugar, partimos de que el resultado de la consulta fue un 52 a 48, bastante estrecho y bajo una feroz campaña de miedo de ambas partes. El referendo sucedió hace 2 años y medio atrás, y ahora se ha visto con detenimiento la complejidad de su impacto: salirse de un mecanismo poderoso de 27 países que se siente resentido por esta ruptura y convierte la separación en un divorcio por rebeldía.

La votación sobre el brexit ha tenido que ser pospuesta en Inglaterra

Es así que los británicos han visto cómo a su dama de hierro, que prometió un gran acuerdo, se le ha formado una capa de herrumbre en el arduo proceso de negociación. Tuvo que ceder bastante, y hasta pactar en secreto, de espaldas a su parlamento, que ahora le pasa factura por no transparentar el proceso.
Por lo pronto, el problema fundamental es que ya hay un documento consensuado entre la primera ministra y la Unión Europea que debe ser votado en la Cámara de los Comunes y todo indica que no pasará. Eso ha hecho que May posponga dos veces la votación y que sus diputados estén enfurecidos exigiendo su dimisión. La urgencia de todo es la fecha tope para la efectividad del Brexit: el 29 de marzo de 2019, unos 100 días solamente restan para tal plazo y la salida será una realidad. La gran pregunta es si con un acuerdo o sin él. Y el último escenario es bastante peligroso para el Reino de Isabel Segunda, porque no habría un abandono ordenado sino bastante incierto desde el punto de vista comercial.

May baila en la cuerda floja

Es prematuro hacer pronósticos, solo poner sobre el tapete opciones que van desde un Brexit sin acuerdo, un nuevo referendo, hasta la expulsión de May para que su sucesor, bien decida renegociar con Bruselas u opte por no abandonar la comunidad de intereses.
Aquí es importante tener en cuenta que Europa no es la misma de la crisis de 2008, el año entrante hay elecciones al Parlamento Europeo, los líderes de hasta el momento están en el ocaso de su carrera política, se va la Merkel, Macron está en apuros, hay ultranacionalistas haciéndose con el poder por doquier. Hay quien quiere esperar a ver qué depara el futuro inmediato, se teme ante todo a la estabilidad de los bolsillos propios, al plato de comida sobre la mesa, al salario a fin de mes y a que los estándares de bienestar, de los que por siempre ha presumido Europa, no sigan desvaneciéndose.

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