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Severa y preocupante crisis política sacude a Haití

Severa y preocupante crisis política sacude a Haití

Desde el 7 de febrero pasado, Haití  vuelve a alarmar a la región entre fuertes protestas. Fundamentalmente Puerto Príncipe, la capital, vive una violencia desmedida. Otra vez, se aprecia un panorama de finales del pasado año.Tan solo tres meses y el caos vuelve a imperar por las mismas razones a las que el pueblo haitiano no acaba de ver solución.

El elevado costo de vida, el sonado caso de corrupción asociado a PetroCaribe, que involucra miles de millones de dólares en el país más pobre de América; y de ahí que demanden la renuncia del presidente Jovenel Moïse.

La historia se repite

Entendamos que este es un escenario ya conocido en Haití por generaciones atrás. Aquellas que vivieron la tercera intervención militar de Estados Unidos en 2004, como producto de una supuesta respuesta a la revuelta armada contra el expresidente Jean-Bertrand Aristide. Este había asumido la presidencia en febrero de 2001, tras ganar las elecciones.Pero pronto sufrió graves críticas por no contener la corrupción ni mejorar la moribunda economía del país.

Las manifestaciones anti-Aristide llevaron a violentos enfrentamientos en Puerto Príncipe, con varias víctimas mortales.En esa época, Caricom, apoyó el proceso de paz, como también lo hace ahora.Caricom acusó a los Estados Unidos, a Francia y a la comunidad internacional de fallar en Haití, por permitir un golpe de Estado contra un presidente elegido democráticamente.

Para entonces, el gobierno estadounidense declaró que la crisis estuvo motivada por Aristide, que no actuaba en el mejor interés de Haití, y que su expulsión era necesaria para la estabilidad del país. Vaya que siempre se las ingenian para juzgar y luego justificar sus golpes. Por cierto, la OEA no realizó declaraciones acerca del golpe.

Cuando ocurrieron las protestas de noviembre pasado, la Organización de Estados Americanos, que contempla también a Haití, solo envió condolencias a los familiares y allegados de las víctimas de los disturbios. Hasta hoy, la OEA clasifica como parte de esa comunidad internacional que no habla ni decide en favor de mejorar “de verdad” la situación del pueblo haitiano.

En tanto, sí se desgastan en pronunciamientos absurdos contra procesos pacíficos y transparentes como el referendo constitucional por el que hemos acordado votar en Cuba. O se pliegan a las artimañas deshonestas y golpes de Estados que potencia Estados Unidos en la región, como es evidente durante estas semanas de tensión que vive Venezuela. E incluso, desde antes, ya hemos visto a la OEA faltar a sus propios principios de funcionamiento.

Y así, como están las cosas hoy en Haití  y por cómo pudieran agravarse, es necesario no perder de vista la realidad y el funcionamiento de esa nación. Bastante parecido al contexto de 2004. El jefe de Estado y el primer ministro han convocado al diálogo, y los políticos opositores han hecho oídos sordos.

La inseguridad de Haití, es hoy una vulnerabilidad que compromete seriamente la vida de todos sus habitantes. Y peor. Los gobiernos poderosos, esos mismos que preparan ejércitos y coaliciones militares, que fueron colonizadores y que alguna vez han tenido que ver con Haití, no llegan hasta allí con las mejores intenciones.

Tampoco se pronuncian sobre la realidad que pone al desnudo un país en medio de una severa y preocupante crisis política. Haití puede no ser el paraíso donde muchos aspiren a vivir, pero geoestratégicamente, puede resultar conveniente su disposición geográfica, y más que suficiente para que se asienten allí quienes buscan territorio fértil donde plantar bases militares en el Caribe.

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