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Bolsonaro prioriza relaciones Washington – Brasilia

Si alguien duda que la cultura es el blanco de los colonizadores, no hace falta más que echar un ojo a Brasil por estos días. Pocas expresiones de colonialismo cultural se pueden ver de forma tan clara como las representadas por el actual mandatario brasileño que, entre otras cosas, ha entronizado la obsesión con el color rojo, rasgo distintivo de la Guerra Fría.

Obsesionado con el afán de conquistar a Washington en base a las concesiones más controvertidas, Jair Bolsonaro está haciendo del interés ajeno, la bandera propia; aunque eso vaya en contra de las prioridades de Brasil, que camina (por gestión del nuevo Gobierno) hacia una situación de conflictividad para un país que no se recupera en indicadores económicos, pero tampoco cierra las heridas políticas.

Citemos como ejemplo el traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén. De concretarse, arriesga un intercambio de unos 7 100 millones dólares anuales con el mundo musulmán.

Y en esa lógica de caminar por encima de la navaja, anda Brasil, con una política externa secuestrada en casi todo, y con la necesidad de aliviar la deuda pública, que ronda el 80 por ciento del PIB. Por eso, no deja de sorprender que en pleno siglo 21, algunos seguidores del mandatario esperen que la acción de la “mano divina” reemplace a la “mano invisible” del mercado. Todavía es un misterio como Bolsonaro articulará la ciencia y el misticismo que brotan por igual en su Gabinete, a falta de nexos entre su plan económico y el enfoque en política exterior.

Pero faltan enemigos reales. Y entonces reaparecen el marxismo y el comunismo, como “los demonios” para quienes, como Bolsonaro, asumen la doctrina del Capitán América.

Sí, Washington rediseña la Operación Cóndor desde la ultraderecha, con Brasil de punta de lanza. Como interpretar sinó los contactos de Bolsonaro hijo, con el ex – asesor de Trump, Steve Bannon, quien funge ahora de orquestador de plataformas ultra -derechistas en Europa. Y observarlo así, clarifica el plano, justo en momentos de crisis para ese tipo de demócratas.

Por cierto, una palabra difícil para Bolsonaro, admirador de la dictadura de Pinochet. Se rumorea que ordenó retirar de su residencia, todo el inmueble decorado en rojo, el color del Partido de los Trabajadores y de otros referentes de la izquierda. Al parecer, busca enemigos, pero todavía no se mira al espejo.

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