¿Dónde está la mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella?

Por Yoslei Carrero

La mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella está desde el miércoles 20 de diciembre en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. La pieza fue entregada a esta institución el 20 de diciembre de 1997 a propósito del 75 aniversario de la fundación de la FEU.

En palabras del General de Ejército Raúl Castro Ruz en las palabras centrales de aquel acto, la mascarilla es “objeto entrañable que recoge el vaciado del rostro vigoroso de Julio Antonio, caliente aún en la sangre de su cuerpo inerte, vivo aún en el eco de sus últimas palabras: “¡Muero por la Revolución!”

Desde 1997 la pieza había permanecido en el edificio del rectorado y ahora se encuentra al acceso de mayor número de cubanos y personas interesadas en conocer sobre la historia del movimiento estudiantil en Cuba. Durante el encuentro se concedieron además los reconocimientos Alma Mater y se destacó la labor de los estudiantes integrales de la Universidad de La Habana.

Conozca la historia detrás del rescate de la mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella a continuación:

“Siempre me sentí atraída por Mella”, Por: Alina M. Lotti

En una especie de ático en el rectorado de la Universidad de La Habana (UH), rodeada de libros, papelería y artículos disímiles, en un buró antiguo, y acompañada siempre de una tacita de café, Amanda Torres Rodríguez interviene todos los días la mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella.

Con una carrera universitaria recién terminada —es licenciada de la Universidad de las Artes, en la especialidad de Conservación y Restauración— la muchacha asumió el compromiso y la responsabilidad de restituir la pieza, lo más posible, a su estado original.

“Soy una suertuda”, dijo mientras dialogamos durante un largo tiempo sobre su quehacer y el de Mella, revolucionario y comunista, quien fuera asesinado en México cuando tenía, apenas, 26 años de edad.

Comenzar su vida profesional, precisamente, con esta obra le hace considerarse una persona afortunada, pues siempre se sintió atraída por la vida y la obra de Mella, cuya enigmática muerte aún despierta interés.

¿Cómo llegas a la mascarilla?

“Una vez el profesor Alexis Martín, quien imparte la asignatura de materiales pétreos, me comentó que había visto la mascarilla y que necesitaba restauración.

“Me interesaban las obras de yeso. Antes de entrar a San Alejandro, donde estudié Escultura, había estado en la escuela taller Gaspar Melchor de Jovellanos, en la Habana Vieja, donde aprendí detalles elementales sobre cómo trabajar este material, sacar moldes, entre otras cosas.

“Así en una ocasión, cuando intervenimos una escultura de mármol en la facultad de Artes y Letras, empecé a vincularme con la institución para ver si allí podía realizar mi tesis de graduación. De esta manera hice la restauración de una pieza (más grande que la de Mella); una reproducción del siglo I antes de nuestra era (ane), una especie de máscara de teatro.

“La tesis arrojó buenos resultados y permitió comprobar varias hipótesis, entonces la directora de Patrimonio de la Universidad de La Habana, la doctora Claudia Felipe Torres, me preguntó si yo sería capaz y estaba en condiciones de restaurar la mascarilla de Mella. Algo que deseaba desde que conocí el estado en que estaba.

“Tal idea me entusiasmo. La pieza donada en 1996 a Cuba, fue entregada a Raúl Castro Ruz por el mexicano Félix Ibarra Martínez, sobrino de Alberto Martínez, quien fuera uno de los más grandes amigos de Mella, y la preservó durante muchísimos años.

“En busca de información encontré que un año después, en 1997, a la máscara se le hicieron varias réplicas. Una de ellas está aquí en la UH y la otra en la Universidad de Camagüey; lo cual ha contribuido a su deterioro”.

Una vez en tus manos, ¿qué fue lo primero que hiciste?

“Le hice análisis a la mascarilla y descubrí que la hipótesis de Alexis, en cuanto a que la pieza contenía sal, era cierta. Hay que tener en cuenta que el yeso es más soluble en cloruro de sodio que en el agua.

“Es decir, la sal constituye un peligro, pues puede conducir a la disolución y degradación del yeso. Cuando trabajas este tipo de material poroso te das cuenta que es parecido a una piedra de siforé o a una esponja, ya que todo lo que se derrame encima lo absorbe.

“La máscara se le hizo en el momento de la muerte y la persona que le tomó el molde al rostro le echó sal para acelerar el fraguado y fuera una acción rápida. No olvidemos las circunstancias que rodearon su asesinato y la convulsión del México de aquellos años”.

¿Qué tiempo hace que trabajas la mascarilla y qué otras acciones le has hecho?

“Hace alrededor de 20 días que trabajo en ella. Primero hice algo necesario, desalinizarla con aplicaciones de un gel de agar, un hidrocoloide natural extraído a partir de las algas, que permite el secado en breve tiempo. En este caso contribuyó a humectar la superficie y a retirar la sal presente.

La especialista aplica varias técnicas en la pieza con el objetivo de desalinizarla y extraerle la humedad acumulada por años.

 “El gel no lo apliqué de forma directa, porque es una superficie dañada, sino mediante un papel japonés. Se trata de un proceso, son diferentes pasos, primero hay que proteger la pieza, y luego de aplicado el gel comprobar que no queden restos.

“Hoy tengo la certeza de que la obra fue intervenida varias veces. Al hacerle réplicas se le aplicaron sustancias y grasas para desmoldar las copias. Todo eso y la sal inicial trajo consecuencias dañinas a la superficie, que además tiene golpes y ralladuras”.

Me comentabas que buscaste información sobre las condiciones en que se produjo su muerte. Los detalles son importantes y pueden despejar incógnitas en cuanto a lo sucedido en el momento crucial del asesinato…

“De Mella no solo me impacta su capacidad como líder histórico, sino su sensibilidad y lucidez; las cartas amorosas a Tina Modotti, (de quien se dice pudo haber estado involucrada en su crimen); su oratoria inteligente, cuando por ejemplo se dirigía a los obreros en las manifestaciones en México. Era un intelectual, no solo un líder. Con apenas 26 años hizo muchas cosas”.

¿Qué valor le das a tu quehacer?

“Es muy importante, pues se trata de una pieza histórica. Es su último rostro, que es más que una fotografía. En estos momentos estoy en condiciones de determinar hasta qué punto tenia los pómulos, qué tanto tenía de negro, qué redondo eran sus ojos, qué gruesos sus labios.

“Todo eso lo puedo saber a partir de la mascarilla que tengo entre mis manos. Hoy veo algunas de sus esculturas y ya no las considero en su fisionomía tan exactas. Claro, se trata de las interpretaciones que los artistas han hecho de su rostro. Algunas veces con pómulo sobresalientes, ojos rasgados. Sin embargo, él los tenía redondos, y el cabello más o menos como el mío, no tan ondulado”.

¿Cuánto te ha acercado a Mella el hecho de tener la posibilidad de intervenir su mascarilla mortuoria?

“Aunque había leído bastante sobre Mella y guardaba los recortes publicados sobre su vida y obra, la mascarilla —indudablemente— me ha ayudado a conocerlo más. En estos instantes solo me falta aplicarle la protección final.

“En realidad el yeso no se protege, pero emplearé una solución acrílica para mitigar el polvo y la humedad.  El propósito es preservar la obra 20 años más y que las futuras generaciones puedan apreciar, lo más real posible, el rostro de Mella”.

Cuando aún no imaginaba que restauraría esta pieza, Amanda siempre se interesó por la vida y obra de Julio Antonio Mella.

(Tomado de Mujeres)

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