La lucha presidencial en Brasil

Es una realidad triste e indignante, pero una realidad: la estrategia de la derecha brasileña para sacar al Partido de los Trabajadores del poder e impedir su retorno por un buen tiempo, está marchando paso a paso, como se dice: según lo planeado, y con pocos obstáculos que vencer. En un país democrático, donde la justicia sea la bandera que ondee más alta, la verdad debería ser más que suficiente para poner las cosas en orden, pero Brasil hace años que dejó de ser eso. Y quien lo dude que mire alrededor y no solo se concentre en el caso Lula, que ya dice mucho de por sí, casi la mitad de los diputados envueltos en serios escándalos de corrupción y ninguno en la cárcel, un presidente traidor, salpicado también con estos escándalo y cuyo apoyo popular ronda el 5 por ciento, aún así, desmonta logros sociales y regresa al país a la etapa neoliberal, una presidenta derrocada con una burda excusa, los jueces condenando sin pruebas, los grandes medios de comunicación funcionando como partidos políticos.
Entonces, repito, se han cumplido ya dos pasos, primero, sacar del poder a un partido de corte social, el único capaz de luchar por el poder, con el derrocamiento de Dilma, por su puesto, impedir un posible retorno con el encarcelamiento sin pruebas de Lula, y ahora debe venir un tercer paso, impedir que el PT y las fuerzas aliadas de izquierda se reestructuren después de este golpe y puedan dar una dura pelea electoral, esa es una carta que está sobre la mesa y que también esa derecha fascista toma en cuenta. Pero tienen otro reto por delante a corte plazo ¿Cómo calmar esa indignación popular que se ha generado en las calles en los últimos días? ¿Cómo calmar esa impotencia y rabia que persiste en amplios sectores del país? Pues para eso están las elecciones de este año, lo más probable, como hemos dicho, es que emerja un presidente de la derecha, con un discurso reconciliador que calme esos ánimos y prometa pasar la página, que significa en hechos concretos, enviar a Temer y a todos los que sirvieron con el golpe a un dulce descanso tras sus servicios y mantener a Lula en la cárcel o inhabilitado políticamente.
Es decir, que toda la izquierda brasileña, y en buena medida el Partido de los Trabajadores, tendrán que comenzar un nuevo ciclo. No se trata de partir de cero, porque tienen presencia en las estructuras del poder y como patrimonio, más de diez años de gobierno a favor de los sectores más pobres. Pero sí debe ser una etapa de reflexión, que se analicen los errores cometidos, que se superen las debilidades y se planteen estrategias para dar batalla en esas áreas en las cuales se corría con desventaja, como por ejemplo, en los todos poderosos medios de comunicación. Ahí está parte de la explicación de lo que parece ilógico, Lula y Dilma sacaron a más de 30 millones de personas de la pobreza, ensancharon la clase media, y la gran prensa de derecha logró convencer a muchos de que esa prosperidad no se debía ambos mandatarios, sino a los empresarios privados. Esa confusión no solo demuestra debilidad ideológica, también falta de diálogo y de una estrategia para visualizar los logros, para explicar una realidad.
Pero hay algo que no podemos olvidar tampoco. La derecha, las oligarquías, por su esencia, no tienen nada nuevo que aportar, significan el retroceso a aquellas sociedades injustas que acaban en estallidos sociales. Eso es lo que sobreviene en Brasil, y un PT con voluntad de luchar e inteligencia para hacerlo, le quedará mucho por escribir en la historia de ese país.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *