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La libertad y el derecho a ser, no se negocian

La libertad y el derecho a ser, no se negocian

Estados Unidos tiene la costumbre de hacer lo que promete, cuando el compromiso es consigo mismo y con la casta tras – nacional que decide a dónde se apunta. Lapidar con sentencias que venden el caos como “un mal necesario” es de gente torcida, y de esos patrones sobran los ejemplos, bien identificados y con alto rango en la Casa Blanca ¿por qué?.
Porque sintonizan a las mil maravillas con la visión del mundo que tiene esta Administración estadounidense, al punto que asesores como John Bolton y Elliott Abrams (marcados por líneas de pensamiento que ven la inducción del caos como una herramienta de dominación) están convencidos, y convencen a quien hoy ocupa la presidencia de Estados Unidos, de que esa opción, en Venezuela, sería el botón de muestra que tanto ha buscado Trump para que el resto del mundo identifique, de una vez,  cuál es su “enfoque de seguridad” y, de paso, el de ciertos sectores militares en ese país, que encuentran muy rentable el conflicto; ese que destapan para pescar mejor en el río revuelto.

Son los mismos que ahora reservan palcos de lujo para observar la aventura del iniciado; una costumbre en Washington de la cual no escapa ni el propio Trump. Evidente a estas alturas, que se plantea la fase crítica en el intento de re- conquista de un país con amplias reservas de petróleo y una lista de otras riquezas naturales y valores geoestratégicos; que ha sido además un estado – bandera de la unidad latinoamericana.
Es alarmante y demostrativo, que un asunto tan serio para cualquier país, como es la defensa de su soberanía, se pisotee en conferencias y shows políticos y ello se naturalice por medios y portavoces; como también ocurre con el papel de lo más ultra – conservador de Estados Unidos, presto a legitimar (bajo un concepto tan sagrado como lo humanitario) la puesta en marcha de una operación militar con bandera internacional contra un gobierno y un pueblo de paz.
Puede que ciertos ejecutivos en la región padezcan del síndrome de Estocolmo, pero América Latina no puede olvidar que se tiene, en primer lugar,  a sí misma. Si no es capaz de verlo; si no se define e interpreta su realidad, pierde el todo por el todo, antes de la primera escaramuza. La libertad y el derecho a ser, no se negocian.  No cabe más ayuda, que la existente en la unión de las manos de la América profunda

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