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La integración latinoamericana se debilita

La integración latinoamericana se debilita

Ecuador abandona el ALBA, Colombia deja la Unasur, no hubo este año Cumbre de la CELAC, tocaba a El Salvador realizarla. Poco más atrás en el tiempo la triple alianza derechista formada por Argentina, Brasil y Paraguay decidió expulsar a Venezuela de Mercosur.

Todos duros golpes al sueño integracionista que vivió en la primera década de este siglo su mayor esplendor

Súmese la muerte de Hugo Chávez, el carismático líder que asumió como mandato, no solo transformar el capitalismo venezolano, sino la deuda de los libertadores de una sola América.

Y para rematar, la salida del poder de la mayoría de los presidentes que le siguieron en el empeño de unidad, con un reposicionamiento de la derecha en la mayoría de los espacios que antes gozaba de aspiraciones progresistas o de algún tipo de socialismo de nuevo tipo.

Es sabido que nada de ello es fortuito o casual

Ha sido parte de una estrategia cuidadosamente diseñada para atacar ese espíritu de armonía porque el divide y vencerás siempre ha dado mejores frutos a los que necesitan una región latinoamericana dependiente en lo absoluto de las grandes potencias, como si el colonialismo no hubiese acabado nunca.
Es así que el objetivo para lograr tal empeño ha sido precisamente la antítesis que tuviese desde sus inicios la CELAC.

Esta defendía la unidad en la diversidad, y ahora se impuesto el azuzar las diferencias para romper todo tipo de alianza. Y en todos los casos ha sido Venezuela el conejillo de indias.

Estados Unidos ha sabido establecer una línea de unidad en la región contra Venezuela para sabotear lo que antes funcionó como auténtico equipo porque cultural, social e históricamente existen mucho más razones para ello.

A la par, se crearon mecanismos paralelos que se vendían económicamente más atractivos y falsamente despolitizados para sobresalir en el área con resultados concretos por encima de la paralización económica que habían alcanzado aquellos que estaban más enfocados en ser una voz política común, aun en el respeto a la autodeterminación de cada uno de sus miembros.
Surge así la Alianza del Pacífico, que aunque tenga ese nombre, funciona más como un tradicional Tratado de Libre Comercio, el formato diseñado por los países del primer mundo, amantes del libre mercado y donde las leyes del comercio suplanten, en muchos casos, las funciones del Estado, cada vez más reducidas.

Canadá, Estados Unidos y México renegocian  el TLCAN

Ahora más recientemente, la tríada del norte: Canadá, Estados Unidos y México, en su doble militancia de sur y norte, renegocia el TLCAN, y ayer tuvimos la noticia de un acuerdo bilateral entre Donald Trump y el saliente Enrique Peña Nieto que deja a un lado a la tercera para de la mesa pero que en la práctica pretende presionarla para obligarla a aceptar las nuevas condiciones y firmar en un corto plazo el nuevo y aparentemente mejorado TLCAN.

Habría que ver si Justin Trudeau, el premier canadiense, que ya ha mostrado desacuerdos importantes y hasta intercambio de desplantes y ofensas con su par estadounidense, acepta los nuevos términos de un pacto que sigue siendo desigual sobre todo para los mexicanos, aunque ahora celebren con bombos y platillos lo firmado.

Lo cierto es que ya la integración dejó de ser frase común en el discurso de la mayoría de los presidentes latinoamericanos, salvo los sobrevivientes: Cuba, Venezuela, Bolivia. Habría que asumir entonces la misma convicción que con el cambio de época se ha dado.

Es falso y hasta se cae en el juego del contrario decir que el progresismo ha llegado a su fin, y suficientes procesos electorales han mostrado la fortaleza de la izquierda o de aquellos grupos antisistemas. Hay un debilitamiento, una pérdida de terreno, pero igualmente reconquistable si se arrecia la voluntad para ello.

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