La historia se repite, pero intentan contarla de otra manera

Han transcurrido 8 días desde la primera vuelta electoral en Colombia y faltan dos semanas para el balotaje. Sin embargo, cuando el país entero debería estar en una introspección profunda para analizar pros y contras de las dos fórmulas totalmente antagónicas que hay sobre el tablero, la problemática de siempre nubla los sentidos y entristece el alma: todos los días hay un titular por allí escondido, a veces más visible cuando es imposible ocultarlo, que tiene que ver con un líder comunitario muerto, casi siempre un ser humano humilde, defensor de los marginados, cuyas convicciones lo convirtieron en enemigo y en obstáculo de inescrupulosos con sed de sangre.

¿Quiénes son los culpables de estos crímenes? ¿Por qué suceden? ¿Por qué tienen picos de violencia donde pareciera un exterminio planificado?

Son preguntas difíciles de responder con exactitud. Pero hay aproximaciones determinantes. En primer lugar, el escenario electoral es propicio para estos sucesos. Y es que ese río revuelto de cuerpos sin vida permite a algunos tomar como bandera política «el combate a la inseguridad».

Han transcurrido 8 días desde la primera vuelta electoral en Colombia y faltan dos semanas para el balotaje
Los dos candidatos que definen la presidencia de Colombia. Foto: AFP

Prácticamente la mayor «popularidad» de Álvaro Uribe durante sus mandatos presidenciales fue adjudicarse el mérito de haber reducido la delincuencia común de las grandes ciudades, en particular de Bogotá, y haber menguado considerablemente a las tropas insurgentes.

Esa «mano dura» ha sido aplaudida desde entonces y le ha valido un capital político sustancioso del que se aprovecha ahora el heredero y aspirante a Jefe de Estado, Iván Duque. Los asesinatos sin resolver se le achancan también a los malos manejos del acuerdo de paz. Siempre que aparece una víctima fatal, detrás está como presunto autor un «disidente» de algún grupo guerrillero, una forma de seguir deslegitimando a esos combatientes y satanizar el todo por una o varias individualidades.

No importa que se trate de casos puntuales, en la conciencia colectiva seguirá primando el concepto tantas veces repetido en los medios de que las guerrillas matan, son violentas. No tiene igual tratamiento el hecho de que sean grupos paramilitares los perpetradores.

La intención de gobierno es ocultar la existencia cada vez más viva de esta práctica, conveniente para hacer el trabajo sucio de políticos que son verdaderos parapolíticos.
Los números esta vez No son los que tienen la última palabra en esta historia. ¿Por qué les digo esto? Si hacemos cuenta, 2017 fue el año menos violento de las últimas 5 décadas. Pero no puede celebrarse tal disminución de muertes si continúan estos asesinatos del tipo quirúrgico, es decir, selectivos e intencionados.

Al final lo que se está dando es el mismo tipo de genocidio que con la Unión Patriótica, solo que a cuenta gotas, para enmascarar el propósito de erradicar a toda esa masa guerrillera, ahora desarmada, y a sus simpatizantes, gente de campo, defensora de minorías étnicas, que sigue siendo adversaria del sistema político dominante y los grupos económicos que lo sostienen. La historia se repite, pero intentan contarla de otra manera.

Es cierto que cambiar el curso de los acontecimientos no es solo cuestión de un presidente u otro. Pero sí es sabio analizar que uno de ellos tiene la intención de iniciar la transformación general de una sociedad que insisto está demasiada acostumbrada a la violencia.

Hasta ahora el odio inculcado a los votantes contra Petro está construido sobre especulaciones y miedos de la derecha, pero está más que claro lo que traería esa derecha liderada por Duque y Uribe, sobre todo en lo que a la violencia respecta.

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