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Izquierda francesa presenta moción de censura contra Enmanuel Macron

Izquierda francesa presenta moción de censura contra Enmanuel Macron

Parto de una de las principales noticias del día en Europa, la izquierda francesa presentará el próximo lunes una moción de censura contra el presidente francés Enmanuel Macron. Si recuerda el caso Rajoy, se dará cuenta que estaríamos hablando del inicio de una posible salida del mandatario de su puesto, en otras palabras, el abandono del Elíseo antes de acabar el mandato, del cual solo lleva un año y medio.

Pero en el caso de Francia, las intenciones de expulsar a Macron quedan en eso, en meras aspiraciones de tres fuerzas: comunistas, socialistas e izquierda radical, pues en el Parlamento domina el partido gobernante, por lo cual la moción tendría escasísimas posibilidades de prosperar.

Pero no por derrotada, la iniciativa es menos importante. Sobre todo porque es la expresión práctica de un pedido que hicieron en primera instancia los provocadores de la situación actual de inestabilidad social y política en las calles parisinas, pero que abarca el resto del país, incluso ha desbordado las fronteras y ha tenido impacto en el mismísimo corazón de Bruselas, que se conoce como la capital administrativa de la Unión Europea.

Los ¨chalecos amarillos¨, la versión francesa de los indignados

Por supuesto que me refiero a los «chalecos amarillos», esa nueva agrupación de indignados que nos hace recordar a los Ocupa Wall Street o a los del 15-M en la Puerta del Sol en España, por mencionar dos de esos grupos que emergen con características similares alrededor del mundo: antisistemas, desligados de una ideología en firme, hastiados de la política tradicional, asfixiados por la crisis económica, hartos de no tener una vida decente y casados de ver la corrupción esparcirse impunemente entre la élite gobernante.
Esta masa vistiendo la típica prenda reflectante de hombres que operan en el tráfico, los policías, obreros viales, funcionarios de aeropuerto, personal de saneamiento de la ciudad, o ciclistas y motociclistas, ha revolucionado la nación.

Su reclamo inicial partió del alza del precio de los combustibles, pero ya no se han quedado allí, ahora tienen un listado de exigencias, se sienten con poder e influencia para cambiar el estado actual de las cosas. Se saben una fiebre amarilla, que no la que transmite el mosquito, sino una igual de contagiosa que aspiran se vuelva mortal para el gobierno.

Las protestas lograron anular la ley de carburantes

Y el primer resultado concreto ha sido que la ley de aumento a los carburantes fue primero engavetada, y ahora finalmente anulada. Pero Macron pensaba que con tal freno podría calmar a los amarillos, y nada más lejano. Ahora se fortalecen y continúan las presiones porque saben que los destrozos y la agitación popular pueden surtir efecto.
Y el panorama se vuelve complejo, porque de la situación de los chalecos sacan todo el provecho posible los opositores políticos.

Los usan como pretexto para hacer campaña contra Macron. Otro incentivo para el auge del nacionalismo extremo, sobre todo ahora que se acercan las elecciones al Parlamento Europeo, y como falta tanto tiempo para las presidenciales francesas, podría surgir la idea de algún referendo o comicios anticipados para sacar al joven e impopular Jefe de Estado de en medio.

Los chalecos amarillos, que son la Francia profunda, la que no puede vivir con el salario mínimo y le espeta en la cara los excesos que se permiten sus líderes al comprarse trajes de miles de euros, promete revivir el Mayo francés del 68. La tradición de rebeldía de este país es mayúscula. Los cimientos de la república, que tanto pregona de libertad, igualdad y fraternidad, se socavan otra vez.

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