Hasta Siempre Fidel, el Diario de la Tristeza presentado en Mayabeque

Por el Maestro supimos que los dolores purifican y preparan. Aquí traemos, justamente, el Diario de la Tristeza. El libro Hasta Siempre Fidel, de la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, confirma nuevamente aquella idea de Martí de que «jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas». Y así, desde la aflicción más grande de los cubanos en cualquier época, se concibió esta obra tan monumental como hermosa.

Constituye una apuesta por el ensayo fotográfico, cuando la fotografía contemporánea impone otros modos, sobre todo ahora, en que un proceso civilizatorio informático determina nuevas reglas del mester. El trabajo que hoy nos ocupa no precisa manipulaciones artísticas, ni contrastes de laboratorio. La despedida del padre confiere tonos de inmensa pena a la casa, y no hace falta trastocar la obturación, ni darle ganancia a un color, para exponer la imagen de la melancolía de una familia inmensa.

Hasta Siempre Fidel supone una misteriosa sinestesia, en la capacidad de la fotografía para captar silencios. No solamente se escucha el sollozo en cualquier página, sino que es altamente probable llorar de nuevo, como reiterando que el pesar terrible de aquellos días, hizo morada definitiva en la memoria, en la piel, en los ojos de sus hijos.

El libro editado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado (la editorial del proyecto de Celia por la historia y por los recuerdos), resulta un viaje por el centro de la Patria. Transitar parece contenido proteico de lo cubano. Fue siempre obsesión de la gesta independentista la invasión al occidente, coronada exitosamente por Gómez y Maceo. Lector infatigable de los intersticios de la historia, el Comandante en Jefe supo reeditarla en el genio y en la lealtad de Camilo y del Che. Luego sería la apoteósica Caravana de la Libertad tras la victoria extraordinaria. Por esos mismos caminos al occidente, hizo el trayecto el código de la cultura cubana, con el son de identidades en el alma de familias centenarias.

Esta obra portentosa registra la misma ruta, pero a la inversa, como el viaje a la raíz que nos propuso Alejo Carpentier. Y aparece aquí otra vez, aquello que leímos en el libro de Wílmer y de Yunet: la extraña sensación de la gente que tras el paso del armón con las cenizas del Comandante, se desorienta, que no sabe qué hacer ni adónde ir, como si se perdiera rumbo y casa, y esperara su llegada, vestido de campaña, trasnochado pero vital, para alentar a los suyos como lo hizo siempre, como nos acostumbró ante cada pérdida difícil e irreparable.

Como jamás ocurrió en otra parte, la lágrima insurge y se vuelve protagónica. De tal suerte, la sabemos fuente de lluvia, río y mar. Como bien se sugiere en este libro, el dolor de millones se transpone en el rocío, en la esperanza del surco, en la rosa ofrenda de lo bello por el amor. Hasta Siempre Fidel cuenta de un viaje a Santiago de Cuba, la ciudad entrañable, acaso el lugar de las mejores querencias del Comandante.

Pero no fue solamente allá a reunirse con el Padre, con el Apóstol, con la vocación heroica de tantos compañeros que jamás lo defraudaron. Ahora, en otra dimensión de la existencia, Fidel se autoimpuso una nueva tarea: esperar el Sol donde Cuba amanece, ser de los primeros en sentir el renuevo creador de la lumbre, donde estará hasta el final de los tiempos, para regenerarse cuando aquél se apague, y fundar entonces otro mundo a su imagen y semejanza como el mejor polvo de estrellas. A la espera de esa hora otra, acreedor de la luz (el gozo supremo de los hombres, como escribió Martí), allá permanecerá el Comandante en Jefe, en el Oriente glorioso, donde sigue estando sin falta la fragua de las clarinadas de Cuba.

(Fuente: Juventud Rebelde)

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