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Fidel siempre será nuestro faro

Fidel siempre será nuestro faro

“Sostengo el criterio de que antes de que Obama concluya su mandato habrá de seis a ocho gobiernos de derecha en América Latina que serán aliados del imperio”, fueron las palabras de Fidel Castro en una de sus reflexiones publicada el 12 de noviembre de 2009; y así fue, meses antes de que Obama dejara la Casa Blanca, ya se había concretado el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, ya había llegado a la presidencia Mauricio Macri en Argentina, y la correlación de fuerzas era muy diferente a la que se vivía en 2009, cuando Fidel escribía este artículo y la izquierda pintaba con sus colores nuestra región. Recuerdo también la anécdota de la actual presidenta del partido Morena, Yeidckol Polevnsky, cuando le regaló a Fidel el libro escrito por Andrés Manuel López Obrador, y el líder histórico de la Revolución Cubana le aseguró que ese hombre un día sería presidente de México. Muchos ejemplos hay de sus acertadas previsiones, desde la llama que vio en Hugo Chávez en una fecha tan temprana como 1994, hasta sus alertas sobre el cambio climático cuando pocos veían ese peligro.

Fidel no fue un adivino, ni un hombre dotado de poderes sobrenaturales para ver el futuro, sencillamente y complejamente, era un político que entendió la dimensión de su responsabilidad, y frente a ese reto, no solo se limitó a la tarea de encaminar un país, sino también a adquirir una inmensa cultura y un profundo conocimiento histórico, que le proporcionaron la sensibilidad y agudeza suficiente para, desde el presente, poder manejar las variables futuras. Pero Fidel fue más allá, e hizo lo que han hecho pocos, y fue compartir ese conocimiento, o por lo menos, mostrar su verdad y argumentarla. Con aquellos largos y reiterados discursos, fue apartando a un pueblo del pensamiento superficial, de la banalidad de la comunicación política clásica, dominada por los mensajes cortos y vacios, manejada por los instintos y no por la racionalidad. Fidel logró convertirse en eso que algunos teóricos llaman un mandatario docente, es decir, un hombre que más allá de gobernar, también enseñó y educó.
¿Y por qué hago este recuento? ¿Por qué hago referencias a esas características? Pues porque marcaron una enorme diferencia entre Fidel y los líderes de su tiempo, y digo más, fue esa impronta la que explica que, a pesar de los pesares, el proyecto político cubano que el lideró, se mantiene en pié, mientras otros, que enfrentaron menos obstáculos, fracasaron, y hablo de América Latina en este tiempo presente. Durante esa década de oro de la izquierda latinoamericana que comenzó a inicios de este siglo, todos lo alabaron y reconocieron, pero no todos lo escucharon y mucho menos tuvieron el valor de seguir su ejemplo, presos quizás de sus propias limitaciones frente a un hombre que demostró que no había límites ni techo. Los resultados de no oírlo, bueno, ya los hemos visto, es la triste realidad que cada día escuchamos en las noticias.
A dos años de su fallecimiento, debemos concientizar que es inevitable la mortalidad de los hombres, pero ahí está su vasto pensamiento, que si es inmortal, y que ofrece muchas claves para entender la realidad, y sobre todo, su ejemplo. Siempre y cuando seamos lo suficiente responsables para no maltratar su legado con mal gusto y superficialidad, Fidel siempre será entonces el faro sólido que fue.

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