¿A dónde ha ido a parar la educación?

Por Maray Suárez

Hace pocos días hablaba con un amigo, reconocido artista de nuestro país que me comentaba que en la actualidad enseñar se ha hecho muy difícil, sobre todo cuando de disciplina se habla. Hoy regañar o llamar la atención de un estudiante no es algo tan sencillo, sobre todo por la forma y los métodos que se deben usar.

Si mis mejores maestros de la enseñanza primaria, que dejaron marcado en mí el amor y respeto, me hubieran traumado con un grito o un castigo, no los recordaría con el cariño con que lo hago. Rolando Pazo, mi maestra Ibis y Dulce María, Milanés, cada uno con características diferentes, pero todos, eso sí, muy exigentes y en ocasiones hasta duros con los estudiantes.

Se imagina usted papá, mamá, los que tenemos hijos, cómo sería si desde casa a veces no castigáramos, no regañáramos, eso después de haber dicho de buenas maneras miles de veces. Cómo sería la educación, la formación de nuestros pequeños. Los maestros en la escuela no sólo tienes a su hijo o al mío. Allí no hay uno, dos, tres niños. Allí son como mínimo 25 por aula, caracteres diferentes, aptitudes diferentes, familias diferente. Al maestro le toca ser ejemplo con su hacer, pero también, ser psicólogo, ser pedagogo, ser confesor, y todo eso  a  veces se logra con mucha metodología, pero también con un oportuno regaño de ser necesario, con mano dura, aunque sí con mucho amor. Algo que por estos tiempos los padres no aceptan. Reconozco también que son tiempos donde el magisterio, quizás por el déficit  de personal se ha convertido en un maratón de buscar, sin tener en cuenta muchas veces la formación pedagógica. El amor por el oficio, la educación formal y que la enseñanza ya no es como antes, pero también, sé porque los veo a diario que hay muy buenos maestros de la vieja y de la nueva escuela también por qué no? Pero se necesita para ellos apoyo institucional, mejoras económicas, confianza de los padres, no subvalorar a  esos que tienen en sus manos la educación de nuestros hijos. El magisterio es una de las profesiones más respetadas socialmente, valorémosla nosotros desde casa, desde la familia.

Poniendo nuestra sociedad frente al espejo podemos apreciar que a todos nos falta mucho para reconocer nuestras debilidades en la materia y no precisamente por falta de educación sino porque hemos adoptado lo burdo y vulgar como patrimonio de sencillez o conducta popular. El niño va a la escuela cuando ha recibido en su marco familiar el punto de partida de lo que será su formación ciudadana, incluidos los valores de su sociedad. En la escuela debe encontrar la complementación y en la sociedad en su conjunto el ambiente para el desarrollo.

Soy del criterio que si cada uno de nosotros se mira asimismo y reflexiona en qué puede contribuir al mejor desempeño de su familia dentro y fuera de su seno, entonces está dando un aporte importante para el cambio, pues cada uno de nosotros somos parte de esta sociedad.

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