Donald ha hablado del estado de Trump

Donald Trump ha hablado otra vez, desde el Congreso a todo el país y el mundo en lo que se conoce como el discurso sobre el Estado de la Unión, en este sentido sería el primero de su tipo que da, pero a pesar de su extensión: una hora y 20 minutos —largo en comparación con el de sus predecesores— estuvo repleto de frases repetidas, no hubo asombro con los temas y de nuevo presenciamos un panegírico que desconoce la modestia hacia su propia gestión.

Escuchando su arenga, me preguntaba si el señor Trump habita en una realidad paralela o vive en una tercera dimensión, al decir cosas como «una nueva oleada de optimismo recorría el país», en referencia a su primera comparecencia en el Capitolio de Washington.

¿Es optimismo lo que percibe? Buen filtro debe tener para no ver o sentir la incomodidad que recorre las calles donde se le ha comparado con una rata o una gallina, por solo mencionar dos. A esta idea le seguían otras donde predominaban los adjetivos apologéticos: «avances increíbles y resultados extraordinarios». Le siguieron anécdotas y más anécdotas de las heroicidades de los norteamericanos para coronar las historias con un derroche de narcisismo a la «american way» o manera americana: «no hay pueblo en la tierra tan valiente, audaz y decidido como el estadounidense».

El hecho de singularizar su discurso y nombrar a hombres de carne y hueso es un muy buen recurso para llegar a su oyente, de indudable efecto. En medio de tanta loa, incorporó resumidos ejemplos de logros concretos y seductores para su público: la creación de puestos de trabajo, subida de salarios, la confianza del empresariado y por supuesto, no podía faltar los bombos y platillos para su amada reforma fiscal, la misma que privilegia exclusivamente a los de su especie, los aplastantemente ricos.

Tuvo incluso espacio para hablar de salud y mentir de la manera más descarada al prometer rebajar los precios de los medicamentos, y esto lo dijo el mismo hombre que pretendía abolir la Ley de de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, el llamado Obamacare, y de un plumazo, dejar sin seguro médico a entre 20 y 30 millones de personas. En lo que sí fue consecuente fue en realzar su bandera del proteccionismo: «nuestras industrias, nuestra gente, nuestro comercio».

Y después de vender el sueño americano doméstico, como quien cuenta un cuento antes de dormir a un niño, tocó el turno a la política exterior donde también más de lo mismo. El muro mexicano para contener las drogas y el crimen organizado, y la contención a la avalancha de inmigrantes con un sello ya conocido, el del recalcitrante Bush hijo, que como Trump tienden a redefinir en su acepción más reducida el concepto de familia.

Para el magnate, China y Rusia siguen siendo «los rivales»; Irán, «una corrupta dictadura» y Corea del Norte, «la cruel dictadura que amenaza nuestra patria». Frente a lo que denominó «regímenes díscolos y grupos terroristas» pidió modernizar el arsenal nuclear. Y en un ejercicio de cinismo sin límites, se atribuyó la derrota al terrorismo extremista en Oriente Medio. Cumpliendo con aquello de cuando el río suena, anunció públicamente su decisión de mantener la cárcel ilegal en el territorio ocupado aquí en esta isla, en Guantánamo.

Y a La Habana, solo una oración, en la que sumó además a Caracas: «Mi Gobierno también ha impuesto duras sanciones a las dictaduras comunistas y socialistas en Cuba y en Venezuela». Parece poco entre tanta palabrería, pero su sola mención dice que siguen siendo prioridad en la agenda internacional.

Este es Trump, no ha habido sorpresas: nosotros, los mejores, primero. El mismo que advierte que los dólares estadounidenses son solo para los amigos y que quien se salga del camino, sufrirá todo el peso de su chantaje y presiones.

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