Diputado cubano despeja dudas sobre sistema electoral

A pocas horas de quedar constituida la IX legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento), el diputado Rolando González pondera hoy la legitimidad del sistema electoral cubano, ante los detractores de la opinión foránea.
A nivel internacional se dice que en Cuba el pueblo no elige a su jefe de Estado o Gobierno. No obstante, hay muchos otros países en el mundo que tienen un sistema indirecto de elecciones, incluso naciones que se autoproclaman paradigmas de la democracia, argumentó el parlamentario a Prensa Latina.

El vicepresidente de la comisión de Relaciones Internacionales del Parlamento cubano se refirió también a las discusiones que se crean respecto al sistema de elección de la máxima dirección del país.

Cuando me encuentro en el exterior representando a Cuba en organismos interparlamentarios, o en encuentros con diplomáticos, con frecuencia tengo que explicar y defender nuestro sistema electoral, confesó González.

Detalló al respecto que en la Isla, para llegar a presidir el Consejo de Estado, hay que haber sido propuesto; luego aprobado por una asamblea municipal del Poder Popular; haber recibido los votos para diputado a la Asamblea Nacional en elecciones generales, y finalmente someterse a la votación de dicha instancia y el propio Consejo de Estado.

Por tanto, es un proceso de varias elecciones en una, y no un método de designación, como a veces se pretende presentar, declaró.

El proceso cubano ha logrado con este sistema contribuir, no solo a la existencia de la nación y de un proyecto social, sino también divulgar -a partir de la heterogeneidad de esa representación- la unidad de la nación; una condición vital para conservar nuestra existencia frente al acoso externo y la asimetría de poder, puntualizó.

(Tomado de Prensa Latina)

Un comentario sobre “Diputado cubano despeja dudas sobre sistema electoral

  • el 5 junio, 2018 a las 11:23 am
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    Lo que sí puedo afirmar es que quienes integraron la VIII legislatura, como los de la séptima, como todos los anteriores, difícilmente adoptarán una postura tangencial, al margen de la asunción parlamentaria actual. Sencillamente, imposible.
    Si durante un lustro, una mujer u hombre se entregó, de verdad, al trabajo de la comisión y a los debates en plenario correspondientes a ese periodo; si al intervenir puso voz propia pero con el rostro y el latido de todas las personas conocidas y desconocidas a quienes tuvo el deber y el placer de representar, entonces no hay despedida o punto final posibles.
    Un diputado cubano –ese, que por tal condición no cobra ni un centavo más por encima del salario que devenga en su centro laboral, ese a quien tampoco le conceden un minuto «extra» para enfrentar las rigurosas tareas parlamentarias– puede terminar cuando expira de manera oficial el mandato establecido, pero nunca se va.
    No verlo, no concebirlo, no enfrentarlo así, en el orden personal, sería estampar con firma de ingratitud la farsa que ningún diputado cubano lleva dentro.
    El tiempo ha sido el mejor espejo, desde que nacieron los órganos del Poder Popular. Y lo demostrará esta nueva y decisiva etapa que inicia Cuba, en la que ningún obsequio al pecho del futuro será mejor que el de seguir haciendo, todos y todas, lo que la dirección histórica de la Revolución aprendió, por sí misma, de nuestra historia y nosotros de ella, encabezada por ese hombre gigante, único, que –nadie tenga la menor duda– nos sigue acompañando, de la mano y del pensamiento, despierto, desde el corazón de la adormecida piedra de donde decidió no irse, ni descansar, jamás

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