Che Guevara y el deporte

A propósito del aniversario 90 de su natalicio, este 14 de junio, el periódico JIT apela a historias que exponen los vínculos del Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara con el deporte. Fueron extraídas del libro Mi hijo el Che, publicado en 1988 por la Editorial Arte y Literatura, de la autoría de Ernesto Guevara Lynch.

LA MOTOCICLETA

Compré una motocicleta de poca cilindrada para mis hijos Ernesto y Roberto. Tenía un solo cilindro y era bastante vieja. La llevé a mi casa y les expliqué cómo se hacía para manejarla.

Ellos sabían que cuando yo tenía 17 años me lo pasaba haciendo toda suerte de piruetas en motocicleta y que además tenía la pretensión de ser un corredor. Para mí era el deporte ideal y, junto con algunos amigos, rato libre que teníamos lo dedicábamos a las excursiones en motos.

Cuando terminé mi explicación teórica, quise enseñar prácticamente lo que había dicho. Subí en la motocicleta, hice arrancar el motor y muy airoso salí acelerándolo. Pero no me fijé en un colchón de arena que había en el camino, donde la rueda delantera se trabó y la moto se volvió hacia adelante. Yo salí por el aire, dando mi cabeza contra el suelo.

Nunca olvidaré la risa de toda la barra de chiquilines que habían ido a tomar lecciones de cómo se manejaba una motocicleta. Y los que más se reían eran mis hijos.

El episodio sirvió como ejemplo y cada vez que yo quería teorizar, ellos me recordaban la lección de aprendizaje de moto.

Mi porrazo les sirvió de experiencia y al poco tiempo los chicos manejaban el artefacto a la perfección y con él adquirieron el dominio de la máquina y del camino.

A Ernesto aquella pequeña motocicleta le dio oportunidad de conocer nuevos parajes y algún tiempo después —ya hombre— hizo colocar a su bicicleta un pequeño motorcito e inició con ella un raid por el norte argentino. ¡Llegaría a recorrer alrededor de 4 mil kilómetros! Se despertaba en Ernesto una curiosidad por nuevos horizontes —curiosidad que no lo abandonó nunca— y que más adelante completaría con interés científico y social.

Aquella pequeña motocicleta, sin duda alguna, fue el comienzo de experiencias que le llevaron a ser un maestro en el arte de transitar caminos.

JUGADOR DE AJEDREZ

Le enseñé los primeros movimientos cuando era muy pequeño. Recuerdo que me dejaba ganar y él se ponía furioso. Así no quería jugar. Poco a poco fue progresando, y cuando estudiaba Medicina practicaba con buenos jugadores. Pero yo no estoy autorizado a juzgarlo como ajedrecista, porque soy muy malo, a pesar de que también he practicado bastante ese juego.

Sabía que en Cuba jugaba con grandes ajedrecistas. El maestro Najdorf, de la Argentina, me había dicho en el año 1962 que Ernesto era un jugador de primera categoría. Posteriormente hizo declaraciones en un diario de Buenos Aires en un artículo donde dice que el Che tenía una biblioteca ajedrecística compuesta por más de 500 volúmenes. Y agregó:

«¿Cómo jugaba? Era un jugador bastante fuerte. Prefería el juego agresivo y era dado a los sacrificios, pero bien preparados; por lo que pude ubicarlo como de primera categoría».

Dijo Najdorf que jugó con el Che en Cuba, donde lo había invitado a jugar diez partidas simultáneas, que se realizaron en un club de ajedrez donde participaron algunas personas del Gobierno. Y añadió:

«Con el Che yo llegué a estar un poco mejor y le ofrecí tablas. Las rechazó con estas palabras: —“Mire, maestro, siendo estudiante de Medicina yo perdí contra usted en una exhibición que dio contra 15 tableros, en el Hotel Provincial de Mar del Plata, y ahora prefiero perder o buscar el desquite”—».

«Acepté la invitación a la lucha, pero fue tablas».

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