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La política migratoria de Donald Trump

La política migratoria de Donald Trump

Comenzó como un anuncio engullido sin grandes alarmas, tildado por el establishment de “expresión nacionalista”, un “esperar para ver” que muchos pensaron, pertenecía más al montaje que a la acción. Pero, cuando Trump lanzó su versión oficial de política migratoria en el “Discurso del Estado de la Unión” a comienzos de este año, no era retórica. Estaba siendo consecuente con una línea de pensamiento que, por más aberrante que sea,  le funcionó en la campaña electoral de 2016.

Trump está invirtiendo en una idea que no construyó, ya ha sido utilizada en la historia con triste desenlace,  pero logra manejarla como a un negocio en crecimiento. Esa percepción de que los problemas internos del país son responsabilidad de otros, esa traspolación de culpas, en este caso a los migrantes centro y suramericanos, le entregó los votos de una base electoral convenientemente ignorante del país que tiene, construido por millones de migrantes y ahora gobernado por un descendiente de europeo.
Porque eso es el actual mandatario estadounidense, aunque se le olvide “el pequeño detalle” de que su madre fue una escocesa que viajó a Estados Unidos en 1930 para residir permanentemente, y gracias a la acogida que recibió, él nació de este lado del mundo. Sin embargo, en Trump, la distorsión de los hechos es factible, siempre que el negocio prospere. Hace sólo días, el diario The New York Times reveló vínculos estrechos entre los grupos privados que operan los centros donde se encuentran los niños migrantes bajo custodia federal y el entorno político cercano al presidente Trump.
Jim Mattis, Secretario de Defensa,  se sentó en la junta de uno de estos grupos. El propio Trump recaudó 500 mil dólares procedentes de dos de esas compañías. Y que termine la separación entre padres e hijos migrantes no significa el cierre del negocio. Ya están operando un par de centros de detención familiar en Texas y los nuevos refugios de emergencia en bases militares también podrían ser operados por contratistas.
Así las cosas, Trump ha comenzado su propia guerra, sólo que, a diferencia de sus antecesores, esta no es exportada, no hay que ir lejos, se fragua dentro Estados Unidos, dividiendo aún más a una sociedad herida en su centro. La narrativa de la frontera en crisis, la amenaza externa, le sirve de bandera para hacer dinero y, de paso, capitalizar apoyos contra el extranjero “viciado y violento”, cuyo enfrentamiento justifica cualquier decisión en nombre del interés nacional, aunque “el enemigo” sean 2 mil niños separados de sus familiares cuando ingresaron ilegalmente a territorio estadounidense.
Por eso, cuando Trump dice que devolverá la seguridad al país, lo que realmente está haciendo es demostrar que cumple a quien promete, o al menos sabe presionar al Congreso. Si no consigue una reforma migratoria a su estilo, con un muro nuevo y la deportación de millones de migrantes radicados en el país,  busca acreditarse ¿el logro? de taponear la línea fronteriza sur en tiempo record. Necesita, lo que para él sería,  un éxito de cara a las elecciones de medio término.
Y está claro que el muro super- militarizado que tiene en su mente, más peligroso que el actual, no resolverá la situación, simplemente porque persisten y se profundizan los problemas económicos y sociales que llevan a migrantes latinoamericanos a abandonar sus países de origen. Una y otra vez, les hemos escuchado decir que la familia es un valor auténticamente estadounidense, sagrado, digno de proteger.  Al parecer, en la tierra prometida, no todos son iguales.

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