2018: Un año decisivo para América Latina

Por: Anisley Torres

En términos electorales, 2018 augura un panorama de mucha más tensión que en el pasado año y con carácter definitorio para el hemisferio.
Habrá carrera presidencial en 7 países: Costa Rica, Cuba, Paraguay, Colombia, México y Brasil, en ese orden de acuerdo con sus calendarios ya establecidos, más Venezuela con cronograma por fijar, pero previsto para el último trimestre.
De ellos, los más seguidos con lupa serán Colombia, una nación con una paz en construcción y donde la izquierda sigue siendo estigmatizada y aniquilada selectiva y violentamente.
Brasil, con la vuelta de Luis Ignacio Lula Da Silva en medio de un alza en la popularidad y las intenciones de sacarlo de la contienda por la vía judicial; y Venezuela, considerado el motor del progresismo en el continente y, como tal, el blanco preferido de ataque de los grupos de poder en la región.

¿Qué ha primado en los comicios?

¿Pero qué ha primado y plantea repetirse en los comicios por venir? Los balotajes, las denuncias de fraude, la vuelta al ruedo político de rostros conocidos, ya bien expresidentes o excandidatos, se han vuelto una constante en América Latina.

Y como novedad de la segunda década del siglo XXI, un giro de timón a la derecha que pone en seria duda la supervivencia a largo plazo de los proyectos alternativos, progresistas o de izquierda en esta región.

Aunque mejor vale decir que están agónicos pero no vencidos, pues las victorias sobre la izquierda han sido pírricas, en algunos casos, abiertamente secuestrado el triunfo.
Solamente en 2017, vivimos procesos electorales de carácter presidencial —definidos como generales al elegirse cabeza de estado, cuerpo parlamentario y, en algunos casos, instancias territoriales— en Ecuador, Honduras y Chile.

Le siguieron los comicios legislativos en Argentina, estaduales en México y municipales en Nicaragua.

Venezuela es el país donde el pueblo ha ejercitado más la democracia mediante el voto

Venezuela como caso singular: un verdadero maratón de concurrencia a las urnas con Asamblea Nacional Constituyente, elecciones regionales para gobernadores y finalmente, la votación para alcaldes.
Cada escenario, claro está, reprodujo particularidades que responden a los diversos contextos socioculturales y la historia política propia, pero en todos, hubo tendencia a la injerencia foránea y la manipulación mediática para favorecer al o los aspirantes con proyección oligárquica.
El otro denominador común ha sido la abstención, un síntoma peligroso del descrédito en la política y los políticos, de la apatía ideológica creciente sobre todo en las jóvenes generaciones, y de la postergación del derecho al sufragio por necesidades urgentes de primer orden para la subsistencia.

Por solo citar los ejemplos más críticos: Chile tuvo en primera vuelta un 60%, siendo catalogado como el país latinoamericano que menos vota, desde que instaurara la votación voluntaria en 2012.
Hay otro escenario repetido, y más que eso, a veces construido y es que, a pesar de pregonarse democracia e invitar a la ciudadanía a decidir sobre sus gobernantes y modelo de país, la violencia se apoderó de los espacios de calma y del ejercicio de civismo.
Y por último y no menos importante esta el flagelo de la corrupción atravesando cada uno de los procesos electorales antes, durante y después. Si le sumamos que habrá un supra factor llamado Donald Trump en su segundo año de mandato detrás de cada ejercicio «soberano», el escenario pinta difícil.

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