Elecciones en Colombia: comenzó la cuenta regresiva

Comenzó la cuenta regresiva para las elecciones colombianas, primero legislativas y luego presidenciales.
Y claro está, la figura más polémica del país regresa a las primeras planas porque ya se ha vuelto lastimosamente habitual que los procesos políticos del país giren en torno a sus excentricidades y opiniones polarizadas en extremo.

Álvaro Uribe es de esos presidentes que se resiste a retirarse de la vida pública y no se conforma con cargos menores, ahora mismo es senador de la república; y si bien no podrá ocupar ya más la silla de gobierno, porque la constitución no se lo permite, necesita posicionar a uno de los suyos, una especie de títere para ser el algo así como el presidente en la sombra.
Lo intentó ya en los pasados comicios de 2014, pero Juan Manuel Santos pudo salir airoso en el balotaje por estrecho margen y repetir mandato, gracias a que al elegido de Uribe en ese entonces, Oscar Iván Zuluaga, se vio envuelto en un escándalo de espionaje ilegal. En esta oportunidad tiene un nuevo candidato, Iván Duque, pero no es sobre él que se centra aún el ataque para impedir que el ultraderechista Centro Democrático llegue al poder, sino que esta vez los dardos apuntan al mismísimo Uribe.
Acaba de producirse un fallo de la Corte Suprema de Justicia para que el expresidente sea investigado por falsa denuncia y manipulación de testigos, lo cual ha reactivado un antiguo proceso judicial en su contra.
Y ello sucede cual boomerang, pues Uribe había arremetido con idénticos pasos para que el dedo acusador recayera en un adversario, el senador por el Polo Patriótico, Iván Cepeda, imputado con cargos similares y resulta que la Corte archivó la investigación de Cepeda y abrió un caso contra Uribe con los mismos argumentos.
Es así que la manipulación de testigos de la que se le acusa a Uribe tiene que ver con la causa del senador de izquierda absuelto. Detrás de todo está el hecho fundamental: la vinculación de Álvaro Uribe con grupos paramilitares, los que creó, financió y aupó para que hicieran el trabajo sucio de erradicar a las fuerzas insurgentes, y con quienes finalmente pactó en condiciones sumamente ventajosas para aquellos que no son otra cosa que asesinos a sueldo.
La situación se complejiza cuando Duque, para intentar salvar a su jefe, dice que encarcelar a Uribe es un pacto no escrito que se selló en La Habana entre el gobierno de Santos y las FARC.
A lo que el exjefe negociador Humberto de la Calle ha respondido de inmediato: «no todo gira en torno a Uribe», y agregó sarcásticamente: «No me fui 5 años a La Habana para hablar de Uribe. Si ese hubiera sido el objetivo me hubiera quedado conversando en la sala de mi casa».
La película recién empieza, los procesos electorales en Colombia suelen ser así de movidos y repletos de rifirrafes, donde todo el mundo saca a relucir la ropa sucia.
Si solo por esta vez no fuera más que un montaje mediático, bien valdría la pena, porque Uribe tiene demasiadas deudas con la justicia colombiana de las que ha salido ileso porque interpreta como ninguno el papel de víctima…
Ha ayudado a mantener la impunidad la llamada mermelada política, ese fenómeno mediante el cual se soborna a diestra y siniestra, o para hacerle honor al término: se unta con dinero público al funcionario o magistrado que deba hacerse de la vista gorda.
Álvaro Uribe vuelve a estar en el ojo del huracán, pero no significa que caiga, contrariamente puede fortalecerse porque en otras ocasiones así ha sucedido; para salvar su pellejo saca cartas bajo la manga para enlodar al adversario y en todos estos años ha logrado acumular el llamado capital político necesario, para batirse en contienda.

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